Viviendo en armonía cuando las cosas se desmoronan

Fortaleciéndonos para responder a la degradación ambiental

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Artículo presentado en la Conferencia Budista Mundial en Kuala Lumpur, Malasia el 25 y 26 de septiembre del 2010.

Todos sabemos del deterioro ambiental que enfrenta nuestro planeta y probablemente tengamos una idea de la forma en la que eso afectará nuestra vida y la de las generaciones futuras si no se frena. No obstante, la mayoría tenemos la tendencia a quedarnos paralizados cuando se trata de responder de una manera adecuada a esta situación. En lugar de eso, desviamos nuestra atención porque nos sentimos impotentes, culpamos a los demás y por falta de conciencia. Investiguemos estas desviaciones para ver qué podemos hacer para superarlas.

Superar la impotencia fortaleciendo la determinación

El año pasado asistí a una conferencia monástica budista sobre el medio ambiente y aprendí que en la actualidad existe una nueva enfermedad psicológica que se llama “ansiedad climática o ansiedad ambiental”. Es decir, las personas ven la devastación ambiental y su reacción es de temor, enojo, ansiedad o apatía. Es tanto lo que se tiene que hacer y tenemos tan poco tiempo para llevar a cabo los cambios necesarios, que en lugar de enfrentar este desafío con creatividad y valor, nos quedamos atorados en nuestras emociones y hacemos muy poco. Es como si un rincón de nuestra mente pensara, “Si no puedo resolver este problema rápida y fácilmente, entonces ¿para qué intentarlo?” y nos hundimos en la desesperación.

El cielo azul y la pradera verde en la Abadía Sravasti.

Haciendo esfuerzos para proteger la tierra va en concordancia con las enseñanzas Budistas.

Este extenuante estado mental se convierte en un obstáculo adicional para remediar el problema del calentamiento global. También es contrario a la actitud que el Buda nos anima a tener como practicantes de Dharma. Si el Buda hubiera pensado que dado que los seres sintientes que están ahogándose en la existencia cíclica son infinitos, sería imposible conducirlos a todos a la liberación; y si como consecuencia de su desesperación se hubiera dado por vencido y después de alcanzar la iluminación se hubiera negado a enseñar, ¿en dónde estaríamos? Pero el Buda sabía que si algo es difícil, no significa que hay que darse por vencido y no actuar. Por el contrario, entendía que cualquier cosa que hiciera para enseñar y guiar a los seres sintientes los beneficiaría, aunque el objetivo final de que todos los incontables seres sintientes alcancen la iluminación fuera virtualmente imposible. Reunió su esperanza, optimismo y esfuerzo gozoso e hizo todo lo que pudo y de ese mismo modo nosotros debemos sanar al medio ambiente.

Evitar culpar a otros tomando nuestra responsabilidad

Otra forma en la que nuestra mente se desvía de su propósito es culpando a los demás por el desastre ambiental, con quejas como: “Esto es resultado de la avaricia de las corporaciones, de sus gerentes generales y accionistas. Es culpa de los ingenieros que no planearon estrategias para detener el derrame de petróleo en caso de que una plataforma petrolera sufriera un desperfecto por las perforaciones que se realizan en aguas profundas. El gobierno no está haciendo lo suficiente para controlar a las compañías y estimular la investigación sobre estrategias energéticas alternativas”. Esta forma de pensar crea sentimientos de impotencia que disfrazamos con rabia y culpando. Es un ingenioso engaño de nuestro pensamiento egocéntrico: esperar que otros arreglen todo y justificar nuestra falta de participación para evitar que tomemos nuestra responsabilidad.

En lugar de atribuir intenciones malévolas a otros, sería mejor revisar nuestra propia mente, admitiendo nuestras malas motivaciones y cambiándolas. En lugar de señalar a los demás por su avaricia, ¿qué tal reconocer la nuestra? Después de todo, somos los que consumimos en exceso y acabamos con los recursos naturales. Pienso que sería más productivo ver qué es lo que podemos hacer para cambiar, en lugar de quedarnos atorados señalando a los demás. Esto no significa que pasemos por alto la negligencia y avaricia de las corporaciones y la inercia del gobierno. Eso se debe hacer del conocimiento público. Sin embargo, no pensemos que no somos parte del problema, porque todos hemos entrado en el mismo juego de una sociedad materialista que quiere consumir sin restricción.

Volverse cuidadoso observando la interdependencia

Esto nos lleva a examinar como vivimos “en automático”, con poco cuidado y atención consciente respecto de la forma en la que nuestro estilo de vida individual afecta al planeta. Por ejemplo, hace algunos años conocí a una pareja, ambos eran profesores de universidad que enseñaban ecología. Estaban muy interesados en el medio ambiente y en las personas y los animales, y les preocupaba el calentamiento global. Un día su hijo regresó de la escuela y les dijo, “Mami, papi, tenemos que reciclar nuestro papel, plástico, metal y vidrio para proteger al medio ambiente”, y “Queremos compartir un automóvil con los amigos cuando vayamos a realizar actividades extracurriculares. ¿Pueden compartir el auto con otros maestros cuando vayan a su trabajo? ¿O qué tal si se van en autobús?” y “Hay que usar bolsas de tela cuando vamos a comprar los comestibles. No es bueno para el medio ambiente que usemos tantas bolsas de papel y plástico”.

Los padres estaban sorprendidos. Nunca habían pensado en el efecto que su propio estilo de vida tenía sobre el ambiente. No habían considerado lo que podían hacer a nivel individual, en su vida diaria, para proteger al medio ambiente y a los seres sintientes por los que estaban tan interesados. Actuar de una manera respetuosa con el medio ambiente en nuestra propia vida es un antídoto para contrarrestar los sentimientos de desesperanza, impotencia y enojo. Al hacer esto, nos enfrentamos a la mente que dice, “Pero es muy incómodo compartir el automóvil o viajar en autobús. Quiero ir y venir por mi cuenta cuando se me antoje”, o “Toma tiempo limpiar el vidrio, las latas y los empaques de la leche, igual que separar los materiales reciclables”, o “Es cansado estar al pendiente de las bolsas de tela. Es mucho más fácil que te den una bolsa en la tienda”. En este caso tenemos que enfrentarnos a nuestra actitud perezosa y egocéntrica y recordar que vivimos en un mundo interdependiente. Pensemos en que todos y cada uno de los seres sintientes quieren ser felices y evitar el sufrimiento con la misma intensidad con la que nosotros lo deseamos y nos concentramos en la bondad que hemos recibido de los demás. Esta forma de pensar genera en nosotros la fuerte determinación de vivir de modo tal que mostremos interés por los demás seres vivos. Si esto significa aguantar algunos inconvenientes, podemos hacerlo porque es para un propósito mayor. Es así que debemos darnos ánimos a nosotros mismos, sabiendo que nos sentimos mejor cuando pensamos y actuamos con interés por los demás.

Pienso que si el Buda estuviera vivo en la actualidad, establecería preceptos para reciclar y dejar de desperdiciar recursos. Muchos de nuestros votos monásticos surgieron porque los laicos se quejaban con el Buda de lo que hacían los monjes o monjas. Cada vez que esto ocurría, el Buda establecía un precepto para refrenar la conducta perjudicial. Si el Buda viviera el día de hoy, las personas se quejarían con él, “¡Muchos budistas tiran sus latas, envases de vidrio y periódicos! En los templos usan tazas, palillos y platos desechables, que no sólo generan más basura sino también causan la destrucción de muchos árboles. ¡Parece que no les interesa el medio ambiente ni los seres vivos que lo habitan!” Me sentiría avergonzada si yo hiciera eso y alguien fuera a quejarse de mi conducta con el Buda, ¿ustedes no? Así es que, a pesar de que el Buda no está aquí físicamente para establecer un precepto para reciclar y reducir el consumo, debemos hacerlo voluntariamente puesto que es acorde con nuestras enseñanzas.

Mantenerse en contacto con el corazón

Después del derrame de petróleo en el Golfo, alguien me dijo que las imágenes que aparecían continuamente en los medios de comunicación sobre aves y animales marinos cubiertos de petróleo y muriendo, hicieron que se sintiera triste y enojada. Me preguntó cómo podía trabajar con esa situación, pues se daba cuenta de que no podía hacer mucho para solucionarla.

Yo sugiero hacer la meditación del tomar y dar (tonglen en tibetano) para incrementar nuestro amor y compasión. Lo que hacemos es imaginar que tomamos el sufrimiento de los demás —en este caso de las aves y los animales marinos— y lo usamos para destruir nuestros pensamientos egocéntricos. Luego imaginamos que damos nuestro cuerpo, pertenencias y virtud a los otros para proporcionarles felicidad. Es bueno hacer esta meditación para los ejecutivos e ingenieros de la compañía petrolera, así como para todas las personas afectadas por el derrame de petróleo. De esta manera, nos mantenemos conectados con esos seres vivos con el corazón y evitamos caer en la apatía. Además, esta meditación incrementa nuestro amor y compasión, así, cuando se nos presente la oportunidad de beneficiar directamente a otros, tendremos más disposición y confianza para hacerlo.

Todos somos ciudadanos de este planeta y por lo tanto, cada uno tenemos la responsabilidad de ser conscientes de la forma en la que usamos sus recursos. En lugar de permitirnos culpar a los demás por el deterioro ambiental y el cambio climático, sintiéndonos imposibilitados para hacer algo al respecto, cayendo en el estupor de la apatía y haciendo caso omiso del impacto que nosotros mismos producimos en el medio ambiente, hagamos nuestra parte, —por grande o pequeña que sea—, para frenar y detener el cambio climático y la destrucción de la naturaleza. De este modo, al poner en práctica en nuestras acciones diarias los principios budistas de la interdependencia, sabiduría y bondad, nuestra vida será significativa y nuestra mente optimista.

Versión Inglés: Living in harmony when things fall apart

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