Vive sin hipocresía

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Educación electrónica julio 2015, de Seven Tips for a Happy Life

Muchos vamos por la vida apegados en extremo a lo que los demás piensan de nosotros. La mayoría tratamos de lucir bien y de que los demás tengan una buena opinión de nosotros.

Pasamos mucho de nuestro tiempo tratando de ser lo que pensamos que otros creen que deberíamos ser, y esto nos vuelve locos porque todo el mundo espera que seamos algo diferente.

Además, ¿cuál es nuestra motivación cuando tratamos de ser lo que pensamos que otros piensan que deberíamos ser? ¿Estamos actuando con sinceridad, o estamos tratando de complacer a los demás? ¿Simplemente estamos montando un buen espectáculo para que otras personas digan cosas buenas de nosotros?

Podemos actuar y crear distintas imágenes personales y otras personas incluso pueden llegar a creer que somos lo que pretendemos ser. Sin embargo, eso no tiene ningún significado real en nuestra vida, porque somos los que tenemos que vivir con nosotros mismos.

Sabemos cuándo hemos sido unos farsantes y, aunque otras personas nos alaben por el personaje que hemos creado, eso no nos hace sentir bien con nosotros mismos. En nuestro interior sabemos que estamos siendo falsos. Nos sentimos mucho más felices cuando somos sinceros y estamos a gusto con lo que somos.

Ser un hipócrita no funciona porque los resultados kármicos de nuestras acciones dependen de nuestra intención. Nuestra motivación es la clave que determina si lo que hacemos es significativo y beneficioso. Incluso, si aparentamos ser bondadosos y considerados, cuando nuestra motivación es simplemente caerle bien a los demás, nuestras acciones no son realmente bondadosas. ¿Por qué? Porque la motivación tiene que ver con nuestra popularidad, no con beneficiar a otros.

Por otra parte, podemos actuar con una motivación genuinamente bondadosa, pero la gente malinterpreta nuestras acciones y se molesta. En este caso, no debemos dudar de nosotros porque nuestra intención era buena, aunque tal vez necesitamos aprender a ser más hábiles en nuestras acciones.

Además, queremos aprender a obtener felicidad de llevar a cabo la acción, no de recibir elogios después de hacerla. Por ejemplo, en la práctica espiritual queremos entrenar a nuestra mente para deleitarse en el dar. Cuando nos deleitamos en el dar, entonces, sin importar en dónde estemos ni lo qué damos, nos vamos a sentir felices.

No importa si la otra persona nos da las gracias o no, porque nuestra felicidad no proviene del reconocimiento que recibimos, sino de la acción de dar.

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