Igualándonos e intercambiándonos con los demás

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Educación electrónica mayo 2015, de An Open-Hearted Life

Uno de los métodos para cultivar la intención altruista (el deseo de que los demás experimenten felicidad y estén libres de sufrimiento) es “igualándonos” e “intercambiándonos” con los demás. “Igualarnos con los demás” implica reconocer que nuestro deseo de tener alegría y estar libres de desdicha es tan fuerte y tan importante como el deseo de los demás de tener alegría y liberarse de la desdicha. “Intercambiarnos con los demás” significa que dejamos de centrarnos sólo en nosotros e “intercambiamos” esa estrecha perspectiva por una que se centra en el bienestar de los demás.

Al igual que la instrucción de siete puntos de la causa y efecto, otro método para desarrollar la intención altruista, igualarse e intercambiarse por los demás comienza con el cultivo de la ecuanimidad, liberándonos del apego, el enojo y la apatía hacia los demás.

Generar amor y compasión imparciales será difícil a menos que podamos trascender, o por lo menos reducir, nuestro apego hacia nuestros seres queridos, nuestra animosidad hacia los que no nos caen bien y nuestra apatía hacia los extraños. Además, el amor y la compasión que tenemos por nuestros seres queridos no es estable, y cuando actúan de una manera que nos desagrada nuestro amor y compasión se desvanecen.

Este método tiene varios pasos: igualarse con los demás, ver los defectos del egocentrismo y las ventajas de apreciar a los demás, intercambiarse con los demás y tomar y dar.

Para igualarnos con los demás, contemplamos que todos somos iguales en términos de querer la felicidad y no el sufrimiento. Este punto ha sido mencionado antes y, de hecho, ya lo sabíamos, pero es fácil olvidarlo. Tenemos que llevarlo a nuestro corazón.

Para hacer esto, comienza por ponerte en contacto con tu propio deseo de ser feliz y evitar la desdicha y el dolor. Realmente siente ese deseo en tu corazón. Después trae a la mente a diferentes personas que conoces, así como a algunos desconocidos. Reconocer que aunque cada una de esas personas puede querer algo diferente que les dará felicidad, se parecen a nosotros en querer felicidad. Por dar un ejemplo superficial, a una persona pueden gustarle los fideos y a otra el arroz, sin embargo, son iguales en su deseo de comer.

Del mismo modo, cada persona puede experimentar diferentes situaciones desagradables o sufrimientos de los que quiere liberarse, sin embargo, somos iguales en el deseo de querer evitar la desdicha. Una persona puede sufrir de mala salud, otra por perder su trabajo, una tercera por una ruptura sentimental y una cuarta por sentirse apartada de su práctica espiritual, pero son iguales en su deseo de querer liberarse de sus dificultades. Además, estamos exactamente igual que cada uno de ellos en este sentido. No hay ninguna razón por la cual nuestra felicidad sea más o menos importante, o nuestra desdicha más o menos indeseable que la de cualquier otra persona. Somos iguales.

Observa a cada una de las personas que imaginaste enfrente de ti, una por una, y reflexiona: “Esta persona quiere la felicidad tan intensamente como yo”. Haz esto varias veces mirando a cada individuo y deja que esta verdad universal entre en tu corazón. Observa el cambio que ocurre en tu mente y enfócate en la sensación que surge. Ve añadiendo personas a medida que adquieres experiencia en esta meditación.

Dado que viajo mucho, hago esta contemplación en los aeropuertos. Funciona igual de bien si lo haces sentado mientras te encuentras atrapado en el tráfico, esperando en la cola en el supermercado o en cualquier lugar con varias personas.

Mira a las personas que te rodean y piensa: “Ellos quieren ser felices y evitar el sufrimiento tanto como yo”. Deja que eso profundice. Ese joven que parece estar en las drogas, la mujer de edad avanzada con un bastón, la madre soltera con un bebé dormido y un niño gritando, el hombre con un traje con una marca en el pantalón, el joven veterano de guerra en una silla de ruedas, el inmigrante paquistaní y su amigo un inmigrante danés, el hombre de mediana edad que mira con ansiedad su reloj, la mujer musulmana con un pañuelo en la cabeza hablando con la mujer judía con un pañuelo en la cabeza, el adolescente cuyos pulgares trabajan incansables mandando mensajes de texto, la mujer que lleva insignias de campaña política, todos ellos son como yo, quieren ser felices y no sufrir. No hay ninguna diferencia entre nosotros. ¿Qué razón válida hay para ponerme primero o para preocuparme por el bienestar de algunas personas y de otras no?

Reflexión: Igualarse con los demás

Tómate unos minutos en un lugar público para observar con detenimiento a las personas que te rodean. Desviando tu atención de tus propias preocupaciones, date la oportunidad de conectar con el entendimiento de que estos seres que te rodean tienen historias de vida, de las cuales cada pedacito es tan profundo como sucede con cada momento de tu propia vida, llenos de esperanzas, sueños y aspiraciones, y con sus propias luchas y desafíos. Recuerda que, igual que tú, desean ser felices y evitar el sufrimiento. Permítete experimentar un deseo sincero de que tengan felicidad y se liberen del sufrimiento.

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