El poder de nuestras palabras

Cómo crear armonía y felicidad con nuestras palabras

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Ven. Nyima se mudó a la Abadía Sravasti en abril de 2016 y poco después tomó los preceptos de anagarika. Recibió la ordenación sramanerika y shiksamana en el mes de marzo de 2017.

Venerable Nyima habla con un participante después de una clase de Dharma.
Palabras sabias y compasivas nos dan ánimo y nos fortalecen. (Foto por Sravasti Abbey)

Probablemente todos hemos sentido la diferencia entre palabras gentiles y cordiales y palabras hirientes e irrespetuosas. Durante el transcurso de nuestras vidas hemos escuchado palabras de aliento y apoyo al igual que palabras destructivas o severas. Sin duda alguna sabemos muy bien el impacto tanto negativo como positivo que las palabras de otros tienen sobre nosotros, sobre nuestro estado emocional. 

Palabras sabias y compasivas nos dan ánimo y nos fortalecen. Por el contrario, palabras crueles y abusivas nos causan dolor y nos llenan de tristeza. Algunas palabras nos traen luz y alegría, y otras nos llevan a la oscuridad y la melancolía. Algunas palabras nos desequilibran y otras nos traen la calma.

Esto lo sabemos muy bien. Hemos experimentado en carne propia, una y otra vez, el efecto de lo que nos dicen los demás, de las palabras que usan para dirigirse a nosotros. La pregunta es, ¿Estamos nosotros conscientes del efecto que nuestras propias palabras tienen sobre los demás?  ¿Somos cuidadosos con nuestras palabras? ¿Nos percatamos de lo que decimos, a quien se lo decimos, cómo lo decimos, y por qué lo decimos?

Nuestras palabras pueden herir o beneficiar

Así como otros nos hieren con sus palabras, nosotros también herimos a otros con lo que decimos, a veces sin darnos cuenta. Aunque algunas veces los herimos a propósito, también lo hacemos sin querer o simplemente porque hemos creado ciertos hábitos de comunicación que no podemos corregir o que ignoramos.

Por esto es bueno tomar un poco de tiempo para reflexionar sobre nuestras palabras, no para sentirnos culpables o para crear remordimientos, ni para creernos malas personas o castigarnos de alguna forma. El propósito de examinar lo que decimos es el incrementar nuestra felicidad, aumentar nuestra paz interna, mejorar nuestras relaciones con los demás y hasta con nosotros mismos.

Y es que nuestras palabras al igual que nuestras acciones dejan huellas tanto en nosotros, que las decimos, como en aquellos que las reciben o escuchan.  Así como nosotros sentimos dolor como resultado de las palabras insensatas de otros, otros sienten lo mismo cuando las palabras insensatas salen de nuestra boca.

Cuando decimos palabras hirientes y abusivas, no sólo herimos a la otra persona, sino que también nos herimos a nosotros mismos creando las causas para experimentar sufrimiento en el futuro. 

Piensen en alguna ocasión en la que dijeron palabras hirientes a otra persona. ¿Como se sintieron después de eso? ¿Se sintieron felices y orgullosos de lo que hicieron? O ¿se sintieron apenados y mortificados? Aunque tal vez les haya causado satisfacción en un principio, lo más seguro es que después de hacerlo sintieron tristeza o remordimiento o arrepentimiento. Es más, estoy segura que se sintieron mal internamente al haberle causado daño a otro.

Primero que todo, nadie es feliz abusando de otro ya sea físicamente o verbalmente. Esta clase de acto negativo nos trae culpabilidad e intranquilidad. Estas acciones erosionan nuestra autoestima, disminuyen nuestra dignidad y el respeto hacia nosotros mismos. Si hacemos esto de seguido, se vuelve un hábito que perpetúa nuestra infelicidad y deteriora nuestras relaciones con los demás. 

Poco a poco las personas a las que maltratamos de esta manera nos perderán la confianza, se apartaran de nosotros y puede que hasta nos lleguen a detestar. Ya sean amigos, compañeros de trabajo o familiares, su reacción será la misma. Si no ejercitamos control sobre lo que decimos, iremos sembrando la discordia por donde quiera que estemos. 

Por el contrario, si somos cuidadosos con nuestras palabras, tendremos la confianza de los demás, sembraremos armonía en nuestro entorno y tendremos paz y tranquilidad. Y además evitaremos sembrar las causas para experimentar sufrimiento en el futuro.

Ahora recuerden alguna ocasión en la dijeron palabras bondadosas a alguien cuando esa persona más lo necesitaba. ¿Como se sintieron después de eso? Estoy segura que sintieron alegría y paz al haber actuado de forma benevolente. El haber ayudado a la persona que lo necesitaba con toda seguridad les trajo un sentimiento de bienestar interior.

Es muy útil reconocer lo poderosas que son nuestras palabras. Con ellas podemos ayudar o perjudicar a otros y a nosotros mismos. 

Las mentiras dañan

Ahora vamos a ver cuales son las palabras que más daño causan. En primer plano están las mentiras. Me estoy refiriendo a las mentiras que decimos a propósito, con el fin de engañar, manipular, sacar provecho o para proteger nuestros intereses, reputación, etc. 

Porque a veces decimos cosas que no son ciertas sin querer. Simplemente compartimos la información equivocada porque creíamos que era cierta. Si después nos damos cuenta de que lo que dijimos no era cierto, entonces podemos dejárselo saber a los que nos escucharon para que no cometan ellos el mismo error. Esta clase de errores son fáciles de aclarar porque no teníamos la intención de mentir.

Por eso es bueno saber ¿Que es una mentira? Según la Real Academia de La Lengua Española, una mentira es una expresión contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente. Podemos utilizar esta definición como guía para determinar si lo que queremos decir es una mentira o no. Por supuesto que, si modificamos la verdad, si le añadimos o le sustraemos, entonces le estamos restando veracidad a lo que estamos diciendo. Una mentira es algo que decimos a sabiendas de que estamos mintiendo. 

¿Por qué son las mentiras dañinas? Porque cuando otros creen en nuestras mentiras, actúan en base a ellas creyendo que están escuchando la verdad. Y puede que cometan errores que los perjudique de alguna forma, ya sea emocionalmente, económicamente, profesionalmente, etc. 

Puede que el creer en nuestras mentiras los haga quedar mal con otros. Puede que en base a nuestras mentiras hagan planes personales o profesionales que por supuesto no les darán buenos resultados al estar basados en una falsedad. O puede que se aferren a una idea de nosotros que no está basada en la realidad.

Si confían en lo que decimos, y toman decisiones en base a ello estarán cometiendo un error del que tal vez no se puedan sobreponer.

Por ejemplo, si mentimos en nuestra hoja de vida y nos dan un trabajo o proyecto pensando que tenemos los requisitos necesarios, y resulta que no es así, podemos causar pérdidas para la compañía por no tener en realidad la experiencia o conocimientos adecuados. No solo esto, pero también nos causamos gran estrés a nosotros mismos tratando de ejercer funciones para las que no estamos preparados.

A veces estamos tan acostumbrados a mentir que ni nos damos cuenta cuando lo estamos haciendo. Es simplemente nuestra forma de comunicarnos. Mentimos acerca de cosas pequeñas y grandes. Con el resultado de que a veces hasta nos confundimos nosotros mismos. Y cuando mentimos tanto hasta se nos olvida que fue lo que dijimos aquí y que fue lo que dijimos allá.  Nos atrapamos nosotros mismos en una red de mentiras de la cual se nos hace difícil escapar. Y cuando los demás se enteran de la verdad, quedamos mal con ellos y nos pierden la confianza. 

Otras veces mentimos para protegernos a nosotros mismos, porque hicimos algo de lo que nos avergonzamos o algo que queremos mantener en secreto. Generalmente tratamos de tapar nuestras acciones no virtuosas y para hacerlo recurrimos a la mentira. 

Muchas personas creen que no es malo decir lo que consideran “mentiras blancas” porque el propósito de esta clase de mentiras es aparentemente no herir o preocupar a la otra persona. Esta forma de razonar es distorsionada. Según esta lógica, los médicos nunca deberían decirnos que estamos enfermos para no preocuparnos.  Nuestros profesores nunca deberían darnos una mala calificación para no estresarnos. Y los policías nunca nos deberían dar una multa para no incomodarnos.

Decir mentiras blancas da a entender que creemos que los fines justifican los medios. Esto es una actitud muy peligrosa. Cuando los fines justifican los medios nos envolvemos en toda clase de actos negativos con el supuesto propósito de beneficiar a alguien.  

La exageración es otra forma de mentir. Pero no lo consideramos como mentira porque supuestamente existe un grano de verdad en lo que decimos. Sin embargo, cuando exageramos algo para hacerlo más interesante o más impactante, tampoco estamos dando un relato veraz de lo que sucedió. Estamos combinando un poco de verdad con una gran porción de imaginación. El resultado es que las personas que nos escuchan quedan con una idea errada de lo que en realidad sucedió. Si exageramos a propósito, con el resultado de que los que nos escuchan creen en nuestras palabras, tal cual las dijimos, entonces esto es lo mismo que mentir porque han creído algo que no es completamente cierto.

Las palabras severas hieren

Hacemos daño a los demás también cuando usamos palabras severas, abusivas o irrespetuosas y cuando insultamos a otros. A veces somos severos con nuestra crítica, o nos burlamos de los demás o los ridiculizamos todo esto con la intención de hacerles daño o de promulgar nuestra superioridad. O a veces simplemente hacemos esto para desquitarnos.

Esta clase de situaciones ocurren hasta en público. A veces ocurren en el supermercado, o en un restaurante o caminando por la calle y filman a una persona diciéndole cosas desagradables a otra o insultándola o amenazandola. Desafortunadamente, estas situaciones se ven hoy en día con frecuencia.

Cuando abusamos a otros con nuestras palabras en cualquiera de estas formas, los hacemos sentir mal, los avergonzamos y creamos fricción entre ellos y nosotros.  Si estos comportamientos se vuelven la norma, nos veremos aislados y apartados de los demás. Y luego nos preguntamos, ¿porque será que esta persona ya no quiere ser mi amiga, porque no me contesta las llamadas, porque está enojado conmigo? 

En otras ocasiones tal vez hemos creado enemistad entre otros para beneficiarnos nosotros. Por ejemplo, con el propósito de sembrar discordia entre dos personas, le decimos a una que la otra hablo mal de ella y viceversa. Y continuamos con nuestra interferencia hasta que se rompe la amistad entre las dos. Y cuando logramos nuestro propósito nos sentimos satisfechos. 

Cuando utilizamos nuestras palabras para causar desacuerdo entre dos o más personas o hacer que se odien una a la otra, estamos cometiendo un acto muy negativo. Y tarde o temprano las consecuencias vendrán a nuestra puerta. Puede que por vengarse de nosotros los que hemos herido de esta forma nos paguen con la misma moneda. Y puede que cuando se enteren de lo que hemos hecho nos hagan la vida imposible. De esta forma, aunque creemos ser muy astutos en nuestras acciones, lo que estamos haciendo nos traerá dificultades en vez de felicidad.

A muchos de nosotros nos gustan las habladurías o el chisme. Aunque no le llamemos “habladurías”. Hoy en día lo llamamos “estar al tanto de lo que pasa a nuestro alrededor.” Y vamos regando aquí y allá los cuentos del barrio, de la oficina, de nuestros parientes.  Enviamos los chismes por texto o los ponemos en Facebook.  Utilizamos el chisme a veces como distracción o entretenimiento. Y cuando nos vienen a reclamar nos hacemos los inocentes. ¿Cuantas amistades se han roto a raíz del chisme y de lo que escribimos en Facebook?

Y es que también vamos sembrando la discordia con la palabra escrita. El internet nos ha dado mucho campo para nuestros peores comportamientos. En internet parece que no tenemos control sobre lo que decimos. Nos sentimos amparados por la anonimidad y damos rienda suelta a nuestros peores instintos. Y nos decimos cosas horribles, hirientes, nos burlamos, nos insultamos. Hasta personas famosas y líderes políticos se envuelven en esta clase de intercambios por el internet. 

Probablemente se han dado cuenta del tono y vocabulario que usan algunas personas cuando dejan comentarios en línea. Algunos de los comentarios son realmente penosos. Tenemos que tener cuidado de no menospreciar o maltratar a aquellos con los que no estamos de acuerdo. 

Por eso también debemos tener cuidado con lo que decimos en línea. Por supuesto que podemos dar nuestra opinión, podemos compartir nuestras perspectivas y participar en polémicas, pero de una forma respetuosa y cordial. Reconociendo que todos tenemos puntos de vista diferentes y que lo que nos beneficia o agrada a nosotros, no necesariamente beneficiara o agradara a otros.

Palabras que benefician

¿Ahora, como sembramos paz y armonía con nuestras palabras? Primero dejando a un lado todos estas acciones contraproducentes. Dejando a un lado las mentiras, las palabras abusivas, los insultos, la calumnia, las burlas, etc. Y en su lugar utilizando nuestras palabras para beneficiar a los demás, para incrementar la comprensión, para dar ánimo, para resaltar las buenas cualidades y habilidades de otros, para unir a aquellos que están en conflicto, para sanar heridas y para apoyar a los que necesitan apoyo. Siempre escogiendo palabras bondadosas y respetuosas. 

Diciendo la verdad, y cuando la verdad es dura, utilizando palabras que suavicen su impacto. Por supuesto que si tenemos que decir algo difícil lo podemos decir con gentileza y bondad con el propósito de ayudar a la otra persona.

Decir la verdad a veces no es fácil y necesitamos fortaleza para hacerlo. Mientras más nos acostumbremos a ello más fácil se hará. 

Lo que tenemos que decir lo decimos en un momento oportuno, teniendo en cuenta la disposición de los que nos escuchan. Para encontrar el mejor momento, podemos preguntar, ¿Es este un buen momento para dialogar? Si no lo es, ¿Cuándo estarías disponible para charlar? Así nos aseguramos que la otra persona esté preparada y en condiciones de recibir nuestras palabras.

Si vamos a hablar sobre alguien nos limitamos a decir cosas buenas y verdaderas de ellos, a destacar sus cualidades, a darles aliento y apoyo. Con nuestras palabras, fomentamos la compresión y el acercamiento entre los que se han distanciado. Y si no tenemos nada bueno o constructivo que decir entonces nos quedamos callados. 

Esto me recuerda un dicho muy popular que dice “en boca cerrada no entran moscas”. Y así es. Si no vamos a aportar algo positivo entonces es mucho mejor quedarnos callados. Es más, cuando hablamos menos tenemos la posibilidad de observar y aprender más. ¿Por qué? Porque cuando hablamos menos, tenemos oportunidad de desarrollar nuestra capacidad para escuchar a los demás. Si estamos atentos a lo que nos dicen, podemos aprender de ellos, podemos conectarnos más profundamente con ellos y así comprenderlos mejor. Esta habilidad de escuchar y comprender a los demás es una herramienta muy útil.

Otra prueba que podemos hacer es preguntarnos, si alguien me dijera a mi lo que yo quiero decirle a esta persona, ¿Como me sentiría? ¿Me ayudarían estas palabras o me harían sentir mal? Y es que ninguno de nosotros quiere sufrir. Todos buscamos la felicidad. Hasta los insectos y los animalitos buscan ser felices y huyen de cualquier cosa que les pueda traer sufrimiento. De la misma forma, las personas con las cuales interactuamos, al igual que nosotros, no quieren ser maltratadas de ninguna forma. Todos queremos ser respetados y apreciados.

Por supuesto somos humanos y cometemos errores. Aunque tengamos las mejores intenciones y hablemos con cuidado y utilicemos todas las precauciones del caso, es posible que terminemos hiriendo a alguien. En estos casos pedimos disculpas con sinceridad y con humildad. Sin castigarnos por haber cometido un error, porque lo hicimos de buena fe. Y si la persona está consciente de nuestras buenas intenciones nos perdonará. Y si no lo hace por lo menos tenemos la conciencia tranquila porque nuestra intención fue benevolente.

Pensar antes de hablar

Cuando era chica, mi madre me decía, “Piensa antes de hablar”. Y realmente esto es un buen consejo. Nuestras madres nos dan buenos consejos, lo que pasa es que no los ponemos en práctica. Los ignoramos pensando que están pasados de moda o que nosotros sabemos más que nuestras madres o que somos más sofisticados.

Es bueno pensar antes de hablar. Si observamos detalladamente nuestras reacciones y nuestro comportamiento, nos daremos cuenta que muchas veces actuamos impulsivamente. Las palabras salen de nuestra boca sin darnos tiempo a verificar si realmente es apropiado decir lo que queremos decir. Simplemente algo se nos vino a la mente e inmediatamente salió de nuestra boca. Y después nos toca lidiar con las consecuencias de lo que dijimos. 

Y es que nuestros pensamientos por lo general se reflejan en nuestras palabras. Si tenemos la tendencia a criticar a los demás mentalmente, lo más probable es que los critiquemos con nuestras palabras también. Si nuestros pensamientos están marcados por el enojo, nuestras palabras también serán influenciadas por esa emoción perturbadora. Si sentimos envidia hacia alguien, nuestras palabras reflejarán ese sentimiento. 

Si nos esforzamos en cambiar nuestros pensamientos negativos estaremos no solo cambiando nuestra actitud sino también lo que decimos.

Cuándo estamos evaluando lo que vamos a decir es útil considerar primero que todo, ¿Cual es nuestra intención? Siempre existe una razón por la cual queremos decir algo. Lo que pasa es que no nos percatamos de los motivos por que no estamos atentos a lo que sucede en nuestra mente, porque hacemos todo con prisa, o simplemente porque no queremos enterarnos. Algunas veces aun sabiendo que no debemos decir algo, ignoramos nuestra sabiduría y lo decimos sin importarnos las consecuencias. Y así vamos creándonos problemas a nosotros mismos. 

Nuestra motivación es importante

Si nos damos cuenta de cuál es nuestra motivación, de que es lo que nos impulsa a querer decir algo, tendremos una clave para poder decidir si hablamos o nos quedamos callados. Si tenemos una intención destructiva, si nos motiva el enojo, la envidia, o el orgullo, por ejemplo, entonces es mejor quedarnos callados y reconsiderar lo que queremos decir. O esperar a que tengamos la mente más clara. 

Cuando detectamos que nos motiva el enojo, por ejemplo, antes de decirle algo a la persona con la cual estamos enojados, antes de explotar con rabia y decir algo de lo que nos arrepentiremos después, podemos tomar el tiempo necesario para calmarnos y transformar el enojo. ¿Como lo transformamos? Recordando la bondad y buenas cualidades de la persona con la cual estamos enojados; recordando las cosas buenas que ha hecho por nosotros; pensando que cualquiera puede cometer un error; tratando de ver la situación desde el punto de vista de la otra persona para así comprender sus acciones; y cultivando compasión y bondad en nuestro corazón hacia esa persona.

También podemos hablar con un amigo o amiga de confianza sobre la situación para que, con sus consejos, nos ayude a ver la situación más claramente. Una vez que tengamos la mente clara y se haya disipado el enojo, podemos charlar con la otra persona para resolver las diferencias. En ciertas situaciones extremadamente difíciles, podemos pedir a una tercera persona que esté presente durante la charla para que nos ayude a mantenernos calmados, cordiales y serenos.

La envidia a veces también nos impulsa a decir cosas desagradables. Si observamos que nos motiva la envidia, igual nos quedamos callados y nos damos tiempo para transformar esta actitud. Cuando sentimos envidia, nos disgusta ver que la otra persona tiene algo que nosotros queremos y no podemos tener. Aquí el remedio es alegrarnos por la gran suerte de esa persona de poseer lo que nosotros queremos. Por supuesto que en un principio es difícil sentir alegría genuina porque estamos poseídos por la envidia. Pero si lo practicamos repetidamente llegará el momento en que lo podremos sentir. Nos decimos a nosotros mismos que nosotros también somos afortunados en muchas áreas y que la felicidad de esa persona no nos resta felicidad a nosotros, mientras que la envidia destruye totalmente nuestra paz interior. Y quien quita que en el futuro podamos obtener lo que queremos. Entonces no vale la pena dejar que la envidia reine en nuestro corazón.

El orgullo nos hace también decir palabras insensatas. Puede que nos impulse a mentir porque queremos parecer más astutos e inteligentes de lo que somos. O puede que por orgullo pensemos que nuestra opinión es la única que cuenta y busquemos imponernos a como dé lugar sin importarnos la opinión de los demás. 

Cuando detectamos esta clase de actitud en nuestra mente, también es bueno detenernos a reconsiderar antes de hablar. Podemos combatir el orgullo con la humildad, recordando que no lo sabemos todo y que otros tienen conocimientos y sabiduría que tal vez nosotros no tenemos. A veces es aconsejable recordar los errores que hemos cometido para corregir la idea de que somos infalibles y que sabemos más que otros. Podemos pensar que el reconocer y celebrar las habilidades de los demás nos da oportunidad de aprender y conectarnos más con ellos.

Hay casos en que nos sentimos obligados a mentir para cubrir nuestros errores o acciones negativas. El remedio para esto no es decir mentiras sino incrementar nuestra virtud, dejar de cometer actos no virtuosos que tengamos que cubrir después. Si nos sentimos tentados a mentir para que otros no se enteren de nuestras fallas, esto es un indicio de que necesitamos no solo virtud sino también fortaleza y humildad para reconocer nuestros errores y solventarlos. El problema no es cometer errores, porque todos los cometemos. El problema es no reconocerlos y no corregirlos.

Algunas veces solo hablamos por hablar, porque nos gusta escuchar nuestra propia voz, porque nos gusta que nos escuchen y obedezcan, porque siempre nos gusta dar nuestra opinión, aunque no venga al caso. Si esta es nuestra motivación, podemos hacer el propósito de solo hablar cuando tengamos algo importante y constructivo que aportar. Nos enfocamos en decir solo lo que va al tema y a dejar que otros aporten también a la charla. Cederle la palabra a los demás es una buena forma de fortalecer amistades y crear armonía.

Si nos damos cuenta que queremos herir a la otra persona con nuestras palabras es mejor no decir nada hasta que podamos corregir nuestra motivación. Si por el contrario queremos ayudar, apoyar, consolar o dar ánimo a la otra persona entonces podemos proseguir, cuidándonos de que nuestras palabras vayan de acuerdo con el propósito benevolente que nos hemos fijado. De esta forma, nuestra motivación es clave y es la guía de lo que decimos.

Ahora también es cierto que algunas personas son muy sensibles y se resienten fácilmente. Aquí tenemos que tener en cuenta cuál fue nuestro propósito. Si nuestro propósito fue benevolente, de ayudar a la persona, si de forma genuina lo que dijimos fue guiado por la bondad, entonces no hemos cometido falta. Simplemente la persona debido a su sensibilidad se sintió ofendida. Pero no fue nuestra culpa.  

Si nos damos cuenta que una persona es sensible, podemos ser más cuidadosos con lo que decimos para no hacerles pasar un mal rato a ellos y para no hacernos pasar un mal rato a nosotros mismos.

No tenemos que pagar con la misma moneda

Algunas veces justificamos nuestras acciones en base a lo que otros hacen. Creemos que si alguien nos insulta esto justifica que los insultemos a ellos también. Creemos que pagar con la misma moneda es la mejor manera de reaccionar cuando alguien nos abusa verbalmente o nos critica o nos hace daño con sus palabras. Lo que estamos haciendo es perpetuando el círculo vicioso de negatividad, creando más problemas para nosotros y para los demás. Si en vez de reaccionar de esta manera nos limitamos a quedarnos callados, ignoramos lo que la persona dice, o esperamos a que la persona se calme para dialogar, tendremos más posibilidades de aclarar la situación y reparar el daño hecho.  

“A palabras necias, oídos sordos”, es un dicho sabio que se aplica a estas situaciones. ¿Por qué enojarse ante las palabras insensatas de otros? Si lo que dicen no es cierto entonces sus palabras no tienen ningún efecto, son inválidas. Sabemos que estamos en lo cierto y que poseemos la verdad. Eso es suficiente. No tenemos que pelear o discutir. Y si no nos creen ese no es nuestro problema.

Por el contrario, si ellos están en lo cierto y su crítica es justificada, entonces debemos estar agradecidos de que nos están mostrando una faceta personal que podemos mejorar. Nos están impulsando a cambiar, a superar nuestras deficiencias. Nos están haciendo un gran favor. Porque nadie es perfecto.

Podemos cambiar

En resumen, si queremos paz, tranquilidad, y armonía en nuestras vidas debemos dejar a un lado las mentiras, los insultos, la crítica, la calumnia, la burla. Siendo cuidadosos con nuestras palabras dejaremos de hacer daño a los demás y a nosotros mismos. Observando nuestras actitudes y motivaciones podremos detectar cuando nos impulsan sentimientos negativos y tendremos oportunidad de transformarlos para no herir a otros. Antes de herir a otros con nuestras palabras es preferible quedarnos callados hasta que podamos aclarar nuestra mente. Nos enfocamos en decir palabras bondadosas, brindando apoyo, solidaridad y comprensión a los demás. 

Durante los próximos días estén atentos a lo que dicen, como lo dicen, qué palabras utilizan. Noten si son impulsivos con el habla, si tienen la tendencia a exagerar, a criticar o a envolverse con chismes. Si dicen palabras hirientes cuando están enojados, si mienten a menudo. Y si notan algún patrón de comunicación que no les hace feliz y que quieren cambiar, tomen la determinación de cambiarlo con el propósito de crear paz y armonía en sus vidas y en las de los demás. Les dejo esa tarea.

El Poder de Nuestras Palabras

La fuente de la felicidad

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